Crónica: Diana Varela Santos
Fotografías: Jesús Varela Santos
El pasado sábado, el Coliseum de A Coruña se convirtió en una auténtica máquina del tiempo. Tras 15 largos años sin pisar suelo gallego, el maestro Silvio Rodríguez regresó por todo lo alto, regalándonos una noche de esas que te dejan el corazón flotando. El cartel de «no hay billetes» ya estaba colgado desde hacía semanas, y las más de 8.000 personas que abarrotaron el recinto dejaron claro que las ganas de reencuentro eran brutales.
Para calentar el ambiente antes del plato fuerte, el Coliseum apostó por el talento local de Escuchado Elefantes. El dúo coruñés formado por Silvia Rábade y Carlos Tajes salió a comerse el escenario armados con su folk-rock auténtico, enérgico y lleno de pasión.
Para ellos no era un concierto cualquiera, era el concierto. Hacia el final de su actuación, Silvia confesó muy emocionada un secreto que dejó a todos con una sonrisa en la boca: «Silvio me acompaña desde mi nacimiento», explicó al público. Y es que sus padres, fans acérrimos del trovador cubano, le pusieron su nombre precisamente por él. Con semejante conexión cósmica y un directo impecable, dejaron la pista perfectamente pavimentada para lo que se venía.
Silvio salió al escenario directo a emocionar. Antes de soltar la primera nota, se ganó al público dedicándole el concierto a su gran amiga Begoña Caamaño (muy recordada este año en el Día de las Letras Gallegas). Con el Coliseum en pie y el vello de punta, arrancó el viaje musical con «Historia de las sillas», el primero de los 23 temazos que se marcó en más de dos horas de directo.
Si algo hizo especial este concierto fue la banda que se trajo. Silvio estuvo rodeado de un combo brutal de músicos, pero los focos se los llevaron, con total justicia, su esposa, Niurka González, y su hija, Malva Rodríguez. Niurka se salió con la flauta y el clarinete, mientras que Malva demostró un talento tremendo al piano y en los coros.
El momento cumbre de esta alianza familiar llegó cuando interpretaron «La Belleza», el mítico tema de Luis Eduardo Aute. Silvio cantando, Niurka a la flauta y Malva al piano. Nada más. Tres personas en el escenario capaces de poner a llorar a 10.000. Una auténtica locura de momento.
Por supuesto, no faltaron clásicos de siempre como «Sueño con serpientes», «Quién fuera» o «Escaramujo», combinados con temas de su último disco Quería Saber. Eso sí, siempre hay algún nostálgico que se queda con ganas de más: esta vez nos quedamos sin escuchar «La maza» u «Óleo de mujer con sombrero», pero con semejante repertorio, nadie puede quejarse.
Un concierto de Silvio no es solo música, es mensaje. El cubano aprovechó para recordar a su amigo Pepe Mujica y hablar de la situación de su país, pero el momentazo reivindicativo de la noche llegó cuando se puso un pañuelo palestino. Recitó el poema «Halt!» de Luis Rogelio Nogueras y, en un abrir y cerrar de ojos, todo el Coliseum se levantó como un resorte para gritar a pleno pulmón «¡Palestina vencerá!». Piel de gallina colectiva.
Para el cierre, el Coliseum se convirtió en un karaoke gigante. Los acordes de «Ojalá» desataron la locura y diez mil almas cantaron el estribillo a grito pelado, haciendo retumbar las paredes del recinto. El broche final lo puso «Por quien merece amor», cerrando una noche histórica, de esas que tardaremos muchos años en olvidar. ¡Qué grande eres, Silvio!















