A Coruña vibró anoche al ritmo del repaso implacable de clásicos de Duncan Dhu para celebrar sus 40 años de música. Desde el instante en que se encendieron las primeras luces y Mikel Erentxun pisó el escenario (sin Diego Vasallo en esta gira), quedó claro que no se trataba de una velada cualquiera, sino de un reencuentro con piezas que marcaron generaciones.
La noche arrancó con la frescura de un “Capricornio” que sonó llena de honestidad, sin artificios. Poco a poco, el ambiente se fue transformando: guitarras que chispeaban, teclados que acariciaban, y una complicidad con el público que se hacía cada vez más intensa. En este ambiente marino que solo una ciudad como A Coruña puede ofrecer, los temas fluyeron del sentimiento a la celebración dotándolos de un toque más rockero y hacia la «Americana» que Mikel Erentxun abraza en sus últimos tiempos de su carrera en solitario.
Hubo momentos pausados, intimistas, como la versión de “El río del silencio” con Erentxun a solas con su guitarra que puso los pelos de punta, que dieron paso a un segundo acto de pura exaltación con “Una calle de París”, “Jardín de rosas”, “Cien gaviotas”… Himnos que salieron disparados como cohetes en medio de la noche. Y así fue: todos los móviles al aire, miles de voces cantando al unísono, que los años no pesan si las canciones viven.
Mikel se movía con soltura, sin perder ese punto de nostalgia que hace que no solo escuchemos, sino que sintamos. La banda lo acompañó con precisión y emoción, cuidando cada detalle, desde los acordes más densos hasta los silencios que creaban el clímax. La despedida, por supuesto, dejó la pista temblando… Y al bajar del escenario, el aplauso fue largo, sentido.
Anoche vivimos un viaje que repasó cuatro décadas, que conectó lo vivido con lo que está por venir. Y si algo quedó claro: que esas canciones siguen siendo fuertes, necesarias, y capaces de unir generaciones. A Coruña lo confirmó.















