Crónica: Diana Varela Santos
Fotografías: Jesús Varela Santos
Lo del domingo en el Coliseum de A Coruña no fue un concierto cualquiera. Fue de esos planes a los que vas con curiosidad —a ver qué tal encaja el reguetón con una orquesta sinfónica— y sales pensando: “oye, pues esto ha funcionado mejor de lo esperado”. Porque sí, la idea sobre el papel puede sonar rara, pero en directo tiene bastante más sentido del que parece.
Yandel se subió al escenario con la Orquesta Gaos para presentar su formato sinfónico, y desde el principio quedó claro que no iba a ser un simple experimento. Nada de poner violines de fondo sin más. Aquí había trabajo detrás: arreglos cuidados, entradas bien medidas y momentos en los que la orquesta cogía protagonismo de verdad, no solo como decoración.
El arranque ya dejó buenas sensaciones, con una introducción más pausada, casi cinematográfica, que poco a poco iba dejando paso al ritmo que todos esperaban. Y cuando entraba el beat, el Coliseum reaccionaba como en cualquier concierto urbano: manos arriba, móviles grabando y coros que se escuchaban desde cualquier rincón.
El público, además, era bastante variado. Había fans de siempre que no fallan a Yandel y que se sabían cada tema, pero también gente que venía por la curiosidad del formato. Y lo interesante fue que no tardaron mucho en mezclarse. Porque al final las canciones eran las de siempre, solo que con otra capa por encima. Más grandes, más envolventes, con ese punto épico que le daban las cuerdas y los metales.
Algunos temas ganaban especialmente con el formato. Las partes más melódicas crecían muchísimo y, en otros momentos, la orquesta aportaba una tensión que hacía que todo sonase distinto, más intenso.
Yandel, por su parte, estuvo cómodo. Se le notaba seguro, sabiendo cuándo dejar espacio a la orquesta y cuándo tirar él del espectáculo. Tiró de oficio, de repertorio y de conexión con el público. Habló lo justo, pero suficiente para mantener ese punto cercano que se espera en un concierto así. Y cuando tocaba animar, lo hacía sin problema.
La Orquesta Gaos fue, seguramente, la gran sorpresa para muchos. No estaba ahí solo para acompañar, sino para darle otra dimensión al show. Supieron adaptarse al ritmo urbano sin perder su identidad, algo que no es tan sencillo como parece. Hubo momentos en los que eran claramente protagonistas, y el público lo agradeció con aplausos que no siempre se ven en este tipo de conciertos.
También ayudó la puesta en escena, más contenida que en un show urbano al uso, pero bien pensada para que todo tuviese sentido. Menos artificio y más foco en la música, aunque sin renunciar a ese punto espectacular que siempre acompaña a este tipo de artistas.
Al final, lo que quedó fue la sensación de haber visto algo diferente. No una revolución, pero sí una propuesta lo bastante original como para salirse de lo habitual y demostrar que el reguetón puede jugar en otros terrenos. Una mezcla que, sin ser perfecta, funciona.
En A Coruña, desde luego, convenció. Y bastante.













