Resurrection 2026

Había ganas de volver a cruzar las puertas del Resurrection Fest y se notaba desde primera hora de la tarde. Miles de camisetas negras comenzaron a poblar un recinto que, un año más, convirtió Viveiro en el epicentro europeo del rock y el metal. La vigésimo primera edición del festival echó a andar con una primera jornada diseñada para ir aumentando las revoluciones poco a poco hasta desembocar en una madrugada de auténtica intensidad, marcada por las actuaciones de Sabaton, A Day To Remember y Testament.

El ambiente fue creciendo de forma natural. Los primeros conciertos sirvieron para que el público recuperase viejas costumbres: reencontrarse con amigos, recorrer los escenarios y volver a sentir esa mezcla de nervios e ilusión que solo ofrece el primer día de un gran festival. Con el recinto todavía lejos de mostrar su máxima afluencia, las bandas encargadas de abrir la programación cumplieron con solvencia su papel de ir calentando motores.

Llegamos para el concierto de los japoneses Man With A Mission, quienes con sus cabezas de lobo descargaron su mezcla de alt metal, electrónica y rap en una actuación que, a pesar del empeño, no logró conectar del todo con el público.

Uno de los nombres que despertaba mayor curiosidad era President. La misteriosa formación británica, rodeada de un halo de secretismo desde su aparición, confirmó por qué se ha convertido en uno de los fenómenos más comentados del último año. Con una puesta en escena sobria pero cargada de tensión, el grupo apostó por una propuesta donde las atmósferas pesadas y los estallidos de agresividad convivieron con una imagen tan inquietante como efectiva. Sin necesidad de grandes artificios, lograron captar la atención de un público que respondió con interés desde los primeros compases.

La intensidad dio un importante salto con la llegada de Thrown. Los suecos ofrecieron uno de esos conciertos pensados para vivirlos en movimiento. Apenas hizo falta un tema para que aparecieran los primeros circle pits y las primeras avalanchas frente al escenario principal. Su mezcla de metalcore contemporáneo, riffs demoledores y una actitud absolutamente desatada encontró el terreno perfecto en un Resurrection Fest donde este sonido sigue ganando adeptos edición tras edición.

En el escenario Ritual se estrenaban en nuestro país la banda formada por las hermanas Wylde, The Pretty Wild, que conquistaron al público con su fusión de metal alternativo con géneros como el metalcore, con las dos voces intercambiándose y pasando de los guturales a tonalidades más pop durante toda la actuación.

El relevo lo tomó A Day To Remember, uno de los estrenos más esperados del cartel. La banda estadounidense saldó con nota una deuda pendiente con el festival y demostró por qué continúa siendo una referencia capaz de conectar públicos muy diferentes. Su combinación de melodía, hardcore y actitud festiva funcionó como un auténtico catalizador. Himnos coreados por miles de gargantas convivieron con breakdowns que desataron el caos en las primeras filas, mientras el grupo se movía con absoluta naturalidad entre la emoción y la contundencia. Fue uno de esos conciertos que consiguen mantener la energía siempre arriba, alternando momentos para cantar a pleno pulmón con otros destinados al salto colectivo.

Cuando el reloj se acercaba a la medianoche llegó el turno de Sabaton. Los suecos regresaban al Resurrection como uno de los grandes reclamos de la jornada y respondieron con un espectáculo a la altura de las expectativas. Fieles a su identidad, desplegaron una producción espectacular en la que la iluminación, la pirotecnia, el fuego y la escenografía sirvieron de complemento a un repertorio construido a base de himnos.

Joakim Brodén volvió a ejercer de perfecto maestro de ceremonias. Su cercanía con el público contrastó con la épica de unas canciones que encontraron un aliado perfecto en un recinto completamente entregado. Cada explosión de fuego, cada coro multitudinario y cada uno de los grandes clásicos reforzaban la sensación de estar asistiendo a uno de esos conciertos concebidos para grandes festivales. Más allá del despliegue visual, Sabaton volvió a demostrar que posee un repertorio capaz de sostener por sí solo una actuación de primer nivel.

Pero la jornada todavía guardaba un último golpe sobre la mesa. Mientras buena parte del público abandonaba el escenario principal, otro importante grupo de asistentes se dirigía al Ritual Stage para presenciar el regreso de Testament. A esas horas de la madrugada, cuando el cansancio empieza a hacerse notar, los californianos recordaron que el thrash metal continúa siendo un lenguaje universal.

Chuck Billy mantuvo una autoridad incontestable durante todo el concierto, acompañado por una banda que sonó compacta y afilada de principio a fin. Testament apostó por un repertorio equilibrado entre clásicos imprescindibles y composiciones más recientes, siempre ejecutadas con una precisión que evidencia por qué siguen ocupando un lugar privilegiado dentro del género. Los mosh pits volvieron a multiplicarse mientras los riffs de Eric Peterson y Alex Skolnick mantenían intacta toda su capacidad para sacudir al público.

Más allá de los nombres propios, la sensación general fue la de un festival que vuelve a funcionar como un enorme punto de encuentro para aficionados llegados de decenas de países. El ambiente entre escenarios, las largas conversaciones mientras sonaban los primeros conciertos y la habitual convivencia entre generaciones distintas confirmaron que el Resurrection Fest sigue siendo mucho más que una sucesión de actuaciones.

La organización también superó con nota este primer examen. Los accesos resultaron fluidos, los servicios respondieron con normalidad y el recinto volvió a demostrar una distribución que permite moverse con relativa comodidad incluso cuando la afluencia aumenta conforme avanza la noche. Todo ello contribuyó a que la música volviese a ocupar el centro de la experiencia.

JUEVES

Si la primera jornada del Resurrection Fest sirvió para confirmar que Viveiro volvía a respirar metal por los cuatro costados, la segunda elevó definitivamente la temperatura de una edición que llevaba meses marcada en rojo por miles de aficionados. El regreso de Iron Maiden, una década después de su primera visita al festival, era el gran reclamo del jueves y nadie quiso perdérselo. Desde primeras horas de la tarde las calles de la localidad gallega fueron un incesante ir y venir de camisetas negras, chalecos vaqueros repletos de parches y seguidores llegados de todos los rincones de España y de buena parte de Europa, reflejo de la dimensión internacional que ha alcanzado el Resurrection Fest.

Con un recinto que fue ganando afluencia conforme avanzaba la jornada, la música comenzó mucho antes de que aparecieran los británicos. A nuestra llegada, las suizas Burning Witches incendiaban el Ritual Stage con su heavy metal clásico. Con su cantante Laura Guldemond liderando al grupo, ofrecieron un concierto más que correcto para comenzar a calentar al público. El Main Stage abrió el fuego con Caskets, encargados de romper el hielo con una propuesta moderna que conectó rápidamente con el público más joven. Su mezcla de metalcore melódico y estribillos pegadizos sirvió para ir llenando una explanada que todavía guardaba fuerzas para una tarde muy larga.

Uno de los primeros momentos destacados llegó con Angelus Apatrida. Los albaceteños volvieron a demostrar por qué son una de las grandes referencias del thrash metal europeo. Sin artificios y apoyados únicamente en la contundencia de su repertorio, ofrecieron una actuación intensa, precisa y repleta de energía. El público respondió desde el primer tema con un círculo de pogos que fue creciendo a medida que avanzaba el concierto, mientras la banda descargaba riffs afilados y un ritmo demoledor. A estas alturas resulta difícil encontrar un escenario que se les resista y Viveiro volvió a rendirse a una formación que siempre parece jugar en casa.

Mientras tanto, el resto de escenarios mantenía la actividad constante que caracteriza al Resurrection Fest. Blues Pills llevó su particular viaje entre el rock psicodélico y el blues al Desert Stage, y propuestas como Belvedere o Lionheart demostraron la enorme variedad estilística que sigue siendo una de las señas de identidad del festival.

Sin embargo, toda la atención terminaba dirigiéndose hacia un único nombre. Conforme se acercaba la noche, la explanada principal comenzó a llenarse hasta presentar una de las imágenes más multitudinarias de esta edición. Había aficionados que esperaban desde varias horas antes para asegurarse un buen sitio frente al escenario. La expectación era máxima. No era un concierto más. Era el regreso de Iron Maiden a Viveiro y la oportunidad de celebrar junto a sus seguidores más de medio siglo de historia de una de las bandas fundamentales del heavy metal.

Cuando las luces se apagaron, el rugido del público dejó claro que el momento había llegado. Bruce Dickinson apareció sobre el escenario con la energía que continúa caracterizando cada una de sus actuaciones, mientras Steve Harris dirigía el espectáculo desde el bajo con la autoridad de quien ha construido una de las carreras más importantes del género. Durante cerca de dos horas, Iron Maiden ofreció un recorrido por algunos de los capítulos más emblemáticos de su discografía, alternando clásicos imperecederos con una producción escénica espectacular, repleta de cambios de decorado, efectos visuales y la habitual presencia de Eddie, convertido una vez más en uno de los protagonistas de la noche.

Más allá del repertorio, lo que volvió a impresionar fue la capacidad del grupo para mantener intacta su conexión con varias generaciones de seguidores. Sin duda el grupo se mostró en mejor forma que en su anterior visita al festival hace ya diez años. Con un Bruce Dickinson con una buena potencia vocal y un repertorio magistral, Iron Maiden demostraron que a pesar de los años, siguen estando muy presentes.

Lejos de dar por terminada la jornada tras el cabeza de cartel, el festival todavía reservaba otra descarga de primer nivel. Anthrax tomó el relevo pasada la medianoche para recordar por qué sigue ocupando un lugar privilegiado entre los grandes nombres del thrash metal. La banda neoyorquina convirtió el recinto en una auténtica fiesta de riffs acelerados, mosh pits y puños levantados, ofreciendo el contrapunto perfecto a la épica de Iron Maiden. Su concierto fue una demostración de oficio y potencia que mantuvo la intensidad hasta bien entrada la madrugada.

Quienes todavía conservaban energías pudieron repartir la noche entre Caliban, que volvió a dejar claro su dominio del metalcore o el desenfado punk de Authority Zero, confirmando que el Resurrection sigue ofreciendo alternativas para todos los gustos hasta las últimas horas.

La segunda jornada terminó con la sensación de haber vivido uno de esos días que permanecen en la memoria colectiva del festival. No solo por el esperado regreso de Iron Maiden, sino por la solidez de un cartel que mantuvo el nivel desde primera hora de la tarde hasta el cierre de los escenarios. El Resurrection Fest volvió a demostrar que su éxito no depende únicamente de los grandes cabezas de cartel, sino también de la capacidad para reunir estilos, generaciones y procedencias distintas bajo una misma pasión por la música en directo.

Con dos jornadas ya completadas, Viveiro confirmaba que, una vez más, se había convertido durante unos días en la capital europea del metal. Y aún quedaban por delante nuevas citas capaces de mantener muy alto el listón de una edición que ya apuntaba a quedar entre las más recordadas de los últimos años.

VIERNES

La tercera jornada del Resurrection Fest 2026 confirmó que este festival sigue siendo mucho más que una sucesión de grandes nombres. El viernes dejó una de esas programaciones capaces de reunir varias generaciones de aficionados al rock y al metal bajo un mismo cielo. Desde primera hora, el recinto de Viveiro respiró una actividad constante, con escenarios funcionando a pleno rendimiento y un público dispuesto a recorrer cada rincón del festival sin importar el calor, el cansancio acumulado o los kilómetros recorridos durante los días anteriores.

Mientras los escenarios secundarios ofrecían propuestas para todos los gustos, como los portugueses Okkultist con su death metal liderado por su vocalista Beatriz Mariano, el Main Stage fue reuniendo cada vez a más público a medida que avanzaba la tarde. Allí apareció una de las primeras grandes sorpresas del día. The Rasmus, lejos ya de la banda fenómeno de los dos mil con su éxito «In The Shadows», demostraron que todavía saben conectar con el público con un repertorio en el que equilibraron los clásicos que marcaron a toda una generación con canciones más recientes, en un concierto donde la melodía tuvo tanto peso como la energía. Fue una actuación elegante, sin excesos, sustentada en la experiencia de una banda que conoce perfectamente cómo mantener la atención de miles de personas.

El listón siguió elevándose con los escoceses Bleed From Within, que ofrecieron una sólida descarga de metalcore con temas como «A Hope in Hell» o «I Am Damnation» convirtiendo el Main Stage en una locura de pogos y circle pits. Su sonido resultó demoledor, y la respuesta del público confirmó el excelente momento que atraviesa el grupo.

Después llegó uno de los conciertos más esperados por los seguidores del metal contemporáneo. Trivium volvió a demostrar por qué lleva dos décadas ocupando un lugar privilegiado dentro del género. Con una base musical demoledora con Paolo Gregoleto a bajo y la batería de Alex Bent, junto con la furiosa guitarra de Corey Beaulieu, Matt Heafy lideró una actuación impecable, alternando agresividad y técnica con absoluta naturalidad. La banda sonó compacta, precisa y muy cómoda sobre el escenario, enlazando clásicos con composiciones más recientes sin que el ritmo decayese en ningún momento.

Sin embargo, el viernes todavía guardaba su momento más multitudinario. La llegada de Limp Bizkit transformó completamente la atmósfera del festival. Bastaron los primeros acordes para comprobar que la banda estadounidense sigue conservando una capacidad casi única para convertir un concierto en una enorme celebración colectiva. Fred Durst manejó al público con la soltura de quien conoce perfectamente el terreno que pisa, alternando momentos de humor, provocación y cercanía mientras miles de personas coreaban sus canciones, aunque se criticó un poco los parones que hacían entre tema y tema, quizás algo largos en algunos momentos.

Lejos de limitarse al ejercicio de la nostalgia, Limp Bizkit ofreció un espectáculo dinámico, visualmente potente y muy bien ejecutado. Los grandes éxitos fueron cayendo uno tras otro entre saltos, pogos y una respuesta masiva por parte del público, que convirtió el Main Stage en una auténtica fiesta. Fue uno de esos conciertos que justifican por sí solos una jornada de festival.

Cuando muchos comenzaban a acusar el desgaste físico de tres días intensos, llegaba la actuación del grupo de los hermanos Igor y Max Cavalera con su show dedicado al legendario disco «Chaos AD» de Sepultura. Cavalera y compañía descargaron una actuación cruda, pesada y cargada de ese espíritu primitivo que sigue haciendo del thrash y el groove metal un lenguaje universal para varias generaciones de aficionados. La intensidad no disminuyó pese a la hora, y quienes permanecieron frente al escenario disfrutaron de un cierre tan contundente como apropiado.

Mientras tanto, escenarios como el Ritual, el Chaos o el Desert continuaron ofreciendo actuaciones que enriquecieron una programación especialmente variada. Esa posibilidad de pasar en pocos minutos del black metal al hardcore, del rock alternativo al death metal o del metal melódico a propuestas mucho más experimentales sigue siendo una de las grandes fortalezas del Resurrection Fest. Cada recorrido por el recinto permitía descubrir una banda distinta y un ambiente diferente, reforzando esa sensación de festival vivo que trasciende a los cabezas de cartel.

SÁBADO

La última jornada del Resurrection Fest 2026 comenzó con esa mezcla de cansancio y ansiedad que solo se vive en los grandes festivales. Después de tres días de maratón musical, las piernas acusaban el esfuerzo, pero el ambiente en el recinto dejaba claro que todavía quedaban muchas cuentas pendientes antes de despedirse de Viveiro. Miles de asistentes cruzaban de nuevo las puertas con la misma ilusión del primer día, conscientes de que el sábado reservaba algunos de los nombres más esperados del cartel y que el festival aún guardaba un último golpe de efecto.

Desde primera hora, los escenarios comenzaron a funcionar a pleno rendimiento. El Desert Stage volvió a convertirse en refugio para quienes buscaban propuestas diferentes dentro de un cartel dominado por el metal más contundente. Mientras tanto, el Ritual y el Chaos mantenían su habitual actividad frenética, obligando al público a elegir entre conciertos que difícilmente podían compatibilizarse.

Uno de los primeros momentos destacados llegó con Hamlet. La veterana formación madrileña demostró por qué sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del metal nacional. Su actuación fue directa, intensa y sin artificios, apoyada en un repertorio que conectó tanto con quienes llevan décadas siguiéndolos como con un público más joven que respondió desde los primeros compases. La experiencia de la banda se dejó notar sobre el escenario, donde ofrecieron un concierto sólido y perfectamente ejecutado.

El protagonismo fue aumentando conforme avanzaba la tarde. En el Ritual Stage, Blood Incantation confirmó que el death metal también tiene espacio para la experimentación. Su propuesta, compleja y atmosférica, exigía atención, pero encontró una audiencia entregada que disfrutó de una actuación técnicamente impecable. Muy distinta fue la puesta en escena de Dogma, que volvió a demostrar que la imagen puede ser un complemento perfecto cuando existe una base musical convincente. Su estética provocadora despertó tanta curiosidad como entusiasmo y terminó convirtiéndose en uno de esos conciertos de los que más se habló durante el resto del día.

Mientras tanto, el Chaos Stage vivía uno de sus momentos más intensos con Converge. Los estadounidenses ofrecieron una auténtica descarga de hardcore caótico, sin apenas espacio para el respiro. Jacob Bannon ejerció de maestro de ceremonias con una intensidad casi inagotable, mientras la banda construía un muro de sonido que convirtió la carpa en un hervidero de circle pits y pogos. Fue, probablemente, uno de los conciertos más físicos de toda la jornada y una demostración de que la veteranía sigue siendo compatible con una energía desbordante.

Ya en el Main Stage, P.O.D. apeló directamente al factor nostalgia. El grupo californiano encontró una respuesta inmediata entre un público que creció con el nu metal de comienzos de siglo y que no dudó en cantar cada uno de sus grandes clásicos. Hubo pequeños problemas técnicos durante parte del concierto, pero no llegaron a empañar una actuación marcada por el buen ambiente y por la cercanía de Sonny Sandoval, siempre dispuesto a conectar con la audiencia.

Pocas bandas podían mantener el nivel de expectación que dejó P.O.D., pero Mastodon lo consiguió gracias a un concierto de enorme calidad musical. Los de Atlanta ofrecieron una de las actuaciones más elaboradas del día, apoyándose en un sonido denso, lleno de matices, y en una interpretación impecable. Lejos de buscar el impacto inmediato, apostaron por construir un viaje sonoro en el que cada canción encontraba su espacio. Fue una actuación especialmente celebrada por los seguidores del metal progresivo y una nueva demostración del excelente momento que atraviesa la banda.

Con la medianoche acercándose, la sensación era que todo el festival llevaba cuatro días preparándose para ese instante. La llegada de Marilyn Manson concentró a decenas de miles de personas frente al escenario principal, en uno de los llenos más impresionantes de toda la edición. Su regreso a Viveiro era uno de los grandes reclamos del cartel y el artista respondió con un espectáculo oscuro, teatral y visualmente muy cuidado.

Desde su aparición, el estadounidense monopolizó la atención del público. La escenografía, la iluminación y una puesta en escena diseñada al milímetro envolvieron un repertorio que alternó algunos de sus himnos más conocidos con composiciones de su etapa más reciente. Manson mostró una actitud mucho más centrada que en otras visitas a nuestro país, manteniendo el control del concierto en todo momento y apoyándose en una banda que sonó compacta durante toda la actuación.

Cada clásico fue recibido como una celebración colectiva. Las primeras filas respondían con una intensidad contagiosa, mientras el resto del recinto acompañaba cada estribillo en una imagen que resumía perfectamente el espíritu del Resurrection Fest: generaciones distintas compartiendo una misma pasión por la música en directo.

La edición de 2026 bajó el telón dejando actuaciones memorables, una notable respuesta del público y la sensación de que Viveiro continúa siendo, durante unos días cada verano, el auténtico punto de encuentro para miles de aficionados al rock y al metal llegados de toda Europa. El festival se despidió entre aplausos y promesas de regreso. Porque, como ocurre cada mes de julio, abandonar el Resurrection Fest siempre significa empezar a contar los días para volver.

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