Crónica: Diana Varela Santos
Fotografías: Jesús Varela Santos
¡Menudo meneo nos pegó Antonio en el cuerpo (y en el lacrimal)! Crónica de una noche de subidones y algún susto en A Coruña.
El pasado sábado 3 de octubre, el Coliseum de A Coruña se preparó para recibir el huracán emocional de Antonio Orozco. El catalán traía bajo el brazo su aclamada «La Gira de Tu Vida», un espectáculo diseñado con la clara intención de hacernos sentir el ombligo del mundo a golpe de drama y melodía. Y la verdad es que nos metimos de lleno en el papel, a pesar de que los primeros compases de la velada nos dejaron a todos con la temperatura corporal algo congelada y la mosca detrás de la oreja.
Para qué no nos vamos a engañar: cruzar las puertas del recinto y toparse con que las gradas estaban a medio gas (apenas unos 4.000 incondicionales en un espacio que pide mucha más guerra) cortó un poco el rollo inicial. Daba la impresión de que el respetable coruñés andaba perezoso, que el precio de las localidades escocía en el bolsillo o que el repentino fresco de otoño nos había apoltronado en el sofá. El artista saltó a las tablas derrochando energía, pero flotaba en el aire una sensación pastosa, muy parecida a cuando intentas arrancar un motor viejo en una mañana de helada y solo consigues un carraspeo.
Menos mal que el que maneja el cotarro es Orozco, un tipo curtido en mil batallas que desborda magnetismo de barrio y sabe qué hilos tocar para espabilar a cualquiera. La magia de verdad ocurrió cuando, a la media hora de arrancar, soltó los primeros acordes de «Devuélveme la vida». Aquello funcionó como un resorte mágico. En el momento en que Antonio empezó a rasgar las cuerdas y a dejarse la garganta, la grada despertó de golpe de su hibernación colectiva, las revoluciones se dispararon y el pudor norteño se esfumó por el tejado.
La nota de infarto llegó cuando la fiesta estaba en pleno apogeo, ya que un bajón de salud de un espectador en las primeras filas obligó a intervenir a los sanitarios. En manos de cualquier otro grupo, este parón habría congelado el ambiente o desatado el nerviosismo, pero los músicos de Orozco reaccionaron con unas tablas espectaculares. El director de la banda dio órdenes ultrarrápidas por los pinganillos para alargar la base instrumental, manteniendo una atmósfera musical flotante y calmada que permitió trabajar a las asistencias sin romper la magia del directo. Una lección magistral de saber estar por parte del equipo y un comportamiento ejemplar del público, que aguardó con un respeto de diez antes de volver a quemar la pista.
Una vez superado el bache, el de L’Hospitalet sacó toda la caballería pesada a relucir. Nos arrolló con himnos de la talla de «Mi héroe», «Ya lo sabes» y ese pozo de melancolía que es «Entre sobras y sobras me faltas». Para ese momento de la noche, las lágrimas ya chorreaban por las mejillas mezclándose con los tragos de cerveza y algún trozo de empanada camuflado en el bolso. La apoteosis final estalló con «Estoy hecho de pedacitos de ti», atronando en un Coliseum que ya ni se acordaba de que había empezado la velada de brazos cruzados y mirando de reojo.
Orozco dejó claro que le da exactamente igual tocar ante una masa ingente de gente que frente a un grupo más reducido; su sello rasgado y su duende para pellizcarte el alma siguen intactos.
Salimos del pabellón sin voz, chorreando adrenalina y convencidos de que este hombre es capaz de romperte los esquemas para luego recomponértelos con un par de estribillos bien plantados. Si te apetece comprobarlo en tus propias carnes, echa un ojo a sus próximos directos en la Web Oficial de Antonio Orozco. Resumiendo: un reencuentro de los que dejan huella… ¡no llenó, pero nos emocionó!















