Amaia en Coruña

Crónica: Candela Avendaño Liste
Fotografía: Agustín Segura @soy.tin

Si abro los ojos, Amaia sigue ahí…
Si Amaia cerrara los ojos, nada desaparecería. Al contrario: todo seguiría ahí. Si abro los ojos no es real no es una duda ni un espejismo, sino el lugar exacto desde el que la artista ha decidido mirar —y hacer mirar— al mundo. Con este tercer disco, Amaia demuestra una vez más que no teme al riesgo ni a la pausa, y
su directo no solo respeta este planteamiento, sino que lo amplifica.

Ocho años después de ganar Operación Triunfo, atraviesa el momento más sólido y consciente de su carrera. No por ambición desmedida ni por acumulación de éxitos, sino por una coherencia artística poco habitual en el pop contemporáneo. Su álbum captura un estado en el que los recuerdos y la realidad se funden, un relato profundamente humano en el que la muerte y la emoción conviven con naturalidad. Este maravilloso universo cobró vida la noche del 31 de enero en el Coliseum de A Coruña, dentro de la gira Arenas. Con un repertorio cercano a las treinta canciones, una banda de más de doce músicos y una puesta en escena medida y elegante, Amaia volvió a demostrar su capacidad de llenar un gran recinto sin renunciar a la intimidad. Cuatro actos claramente diferenciados, casi teatrales, funcionaron como un viaje emocional donde cada cambio tenía sentido.

El concierto comenzó con Amaia sola al piano, envuelta en un contraluz blanco que convirtió el escenario en una postal onírica, para continuar con el baile en Tocotó y Magia en Benidorm, cuyos movimientos coreográficos fueron diseñados junto a la artista catalana Ouineta. Un primer acto en el que no le bastaba más que su voz y su interpretación para mantener al público completamente hipnotizado.

Una de las facetas que distingue a Amaia es su capacidad multiinstrumental, que quedó patente durante el segundo acto con Ya está. Con el arpa entre sus manos, la navarra detuvo el tiempo para reflexionar sobre la muerte. «Podría ser un animal /
Un pez espada, una paloma / No pensaría en estas cosas / Me moriría y ya está«. A piano y voz, interpretó Me pongo colorada, el tema original de Papá Levante, mostrando una vez más toda su capacidad como intérprete. «Esta no es de papá, es de mamá«, bromeó, para enlazar con Auxiliar, un tema que le dedica a su madre.

La reflexión sobre la muerte tomó aún más peso en el tercer acto con Despedida, donde Amaia confesó: “La muerte es algo que me da mucho miedo, pero por eso también escribí esta canción para mí misma”. Una puesta en escena en la que la navarra taconeaba sobre el escenario, rodeada por el coro del Taller de Músics de Barcelona. El tema estaba dedicado a su abuela, de la que explicó: “Murió contentísima, rodeada de toda mi familia. Es una forma de celebrar la muerte y la vida”.

El acto final fue un estallido de energía que mantuvo al Coliseum en pie. La navarra contagió su entusiasmo con M.A.P.S. y Nuevo Verano, recorriendo el escenario con la falda rota, un gesto espontáneo que añadió aún más complicidad. Este momento contrastó con el silencio absoluto de Yamaguchi, interpretada junto a Víctor Martínez, guitarrista y director musical del concierto.

El punto culminante llegó con la esperada colaboración con el grupo coruñés Aliboria. La aparición de la banda, responsable de la percusión original de su tema Aralar, cerró cualquier desencuentro previo y se convirtió en uno de los instantes más celebrados. El cierre espectacular con Tengo un pensamiento y Bienvenidos al show coronó a Amaia, que confesó sentirse especialmente emocionada en Galicia y preguntó al público si repetirían la experiencia, recibiendo un “sí” unánime de más de 8.000 asistentes.

Así terminó una noche perfecta, en la que Amaia nos llevó a un viaje emocional lleno de contrastes. Una suerte para quienes presenciamos a una artista con una esencia intocable, en calibre de compositora e intérprete, que mantiene su autenticidad aunque cambie de instrumento y se sitúa al frente del panorama nacional: simplemente, un genio.

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