Escrito: @lachicaindiecool
La noche del 12 de septiembre en A Casa das Crechas no fue una más en el calendario compostelano. La banda La Milagrosa se subía al escenario con una formación potente: a los mandos Germán Ges (voz principal y guitarra), Jesús Martínez (guitarra y coros), Gonzalo Sánchez (bajo y coros) y Marina Moon (coros y batería).
Su sonido se mueve entre el indie rock, la ensoñación melódica y un ir y venir constante de lo oscuro a lo luminoso con tintes punk. Y lo hacen sin artificios, con mucha actitud, buena música y tremenda conexión con el público.
Presentaban su último trabajo, su álbum debut Ya no me duele mal, que se mueve entre la calma y las distorsiones guitarreras, como un vaivén emocional. La noche arrancó con temas que hablaban del día a día, de esa sensación que todos hemos tenido de que el lunes nos golpea y nos hace preguntarnos si de verdad estamos donde queremos estar.
Musicalmente se movieron en una progresión de dinámicas muy cuidada, a través de temas como “Anestesiado”, “Danza de la muerte” que impuso un ambiente oscuro, casi ritual, con un groove pesado y penetrante y luego llegaría “Locución + Yamal”, más experimental, con un toque casi narrativo que juega entre lo atmosférico y lo electrónico, dando a cada canción su lugar y su propio color musical.
“Salir de Madrid da miedo”, decía uno de los miembros antes de atacar uno de los cortes más viscerales, pero en el escenario no hay miedo: hay verdad, entrega y una frase que ya es himno:
“La vida es una mierda pero a veces mola un poco ”, que el público coreó entre risas y verdad compartida. Detrás de ese pesimismo existencialista, hay letras claras, contundentes y directas.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó con “Vete”, interpretada en acústico, entre el público. Sin micros, sin pedales y sin barreras. Silencio absoluto, emoción palpable, y después un estallido de voces en común: hermandad musical en estado puro.
Recuperaron el pulso “Con otra cabeza” y “Carlitos Tiburón”, que desató carcajadas, pogos y aplausos, demostrando que también saben jugar y pasárselo bien sobre el escenario.
Pero también hubo espacio para la denuncia: con “Cansado”, la banda lanzó un mensaje claro y contundente contra el genocidio en Palestina, sin necesidad de grandes discursos.
El cierre fue fiel a su estilo: con un single propio, sin alardes, solo con la misma energía con la que empezaron. Entre medias, “Ponzano”, transformada en un canto e himno generacional en pleno corazón de Santiago.
No faltaron los agradecimientos a la crew, al público asistente y a la sala, bajo la interpretación de 20 temas.
La Milagrosa es un nombre que muy pronto va a dar mucho que hablar y resonar en las diferentes salas de conciertos y festivales. No necesitan fuegos ni grandes montajes. Les basta con cuatro músicos, una colección honesta de canciones y muchas ganas de conectar.
Si el lunes vuelves a la rutina, al menos que sea con esta noche en la cabeza. Porque a veces, la vida mola, y La Milagrosa lo ha demostrado.













