Atlantic Fest 2025

Fotografías: Olalla Tellería
Crónica: Paula Segade

Este fin de semana, a Illa de Arousa volvió a erigirse como un faro cultural frente al Atlántico con una nueva edición del *Atlantic Fest*, que reunió a artistas, aficionados y naturaleza en una danza ininterrumpida entre melodías y tormentas. Un festival donde la música, una vez más, resistió y venció a los elementos.

El viernes comenzó con una atmósfera de expectativa: el cielo aún amenazaba sin atacar, permitiendo que propuestas como las de Lori Meyers o The Jesus & Marie Chain encendieran los primeros aplausos del público sin paraguas. El ambiente era festivo, aún seco, y los asistentes disfrutaban del festival con la sensación de estar viviendo una tregua momentánea.

Pero el sábado fue otra historia. Desde primeras horas, el viento se hizo sentir como un invitado inesperado y caprichoso. La Bien Querida, ya entrada la tarde, luchó contra ráfagas que se colaban entre acordes y letras. Aun así, su presencia serena y su voz cálida lograron envolver a un público que, lejos de dispersarse, se abrazó bajo los ponchos para dejarse llevar por sus canciones, como si esas ráfagas fueran parte del arreglo.

La tarde avanzó hacia el caos controlado con el concierto de León Benavente, una actuación muy esperada y, sin duda, épica. Bajo un aguacero incesante, la banda apareció como si la tormenta formara parte de su escenografía. El agua caía con fuerza, pero los golpes de batería y las letras incendiarias se mezclaban con la lluvia hasta convertir la arena mojada en pista de baile. En ese momento, la música no fue entretenimiento: fue resistencia.

También pasaron por el escenario nombres como Quique González, que desplegó su rock reposado ante un público entregado, o Xoel López, que volvió a casa con un directo cálido y lleno de matices. Los Planetas ofrecieron uno de los momentos más icónicos del festival, con su aura mística desafiando al clima gallego. Y entre concierto y concierto, Grande Osso se encargaron de mantener viva la llama, amenizando las pausas con sesiones vibrantes que hicieron bailar incluso bajo la lluvia.

Pero fue Zahara, ya al final del sábado, quien trajo consigo el cierre perfecto. Su concierto llegó cuando las nubes empezaban a abrirse tímidamente, como si su voz y su presencia apaciguaran por fin el cielo. El público, todavía calado, encontró en su actuación ese remanso necesario, una tregua tan emocional como meteorológica. Ella no solo cantó; ofreció alivio, música y bailes desenfrenados, una mezcla de ternura y tecno llevo a todo el festival al climax, siendo así el broche de oro.

El Atlantic Fest 2025 no será recordado por un clima amable, sino por un cartel que desbordó compromiso, talento y verdad, y por un público inquebrantable que, bajo capas de agua y viento, resistió por amor a la música. Porque cuando el alma vibra con las canciones, ni el temporal puede arruinarlo.

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